Escrito el 14 de Enero de 2004
Todas las grandes ciudades tienen dos aeropuertos. Uno, el pequeño, que saboreó los comienzos de la aviación y otro el grande y moderno, efecto del desarrollo técnico y demográfico. Aquel primer aeropuerto, orgullo de modernidad de la ciudad ideal para los aviones de hélice, el mítico DC-3, y sospechoso de su destino cuando llegaron los caravelle y los superconstelation (uno de mis favoritos, con el puro que parece una firma), hasta que llegaron los DC-8 a reacción y las agigantadas envergaduras por venir. Por entonces la ciudad ya había crecido y había engullido aquel aerodromo en sus entrañas, demasiado cerca de sus habitantes como para ser viable. Cuatro Vientos y Barajas son un ejemplo clásico. Entre los aeropuertos más hermosos del mundo están aquellos que lograron sobrevivir al desarrollo, y quizá el más hermoso de ese mismo mundo sea el de Santos-Dumont en Rio de Janeiro.
Hace poco celebramos el centenario de la aviación, todos menos los brasileños, los argentinos y los franceses (por lo menos) puesto que ellos consideran que los Wrigt no hicieron su vuelo bajo las condiciones de un experimento científico, léase con unos jueces, igual que un atleta tiene que hacer su record. Alberto Santos-Dumont hizo su primer vuelo con el 14-bis en parís en 1906 delante de jueces y público y lo que es más importante sin catapulta, sin un plano inclinado y sin fuerte viento en contra, como hicieron los Wrigt. Hay mucha gente que defiende que ese fue el primer vuelo de un artefacto más pesado que el aire que despegó por sus propios medios y en Brasil él es el padre de la aviación
Con poco esfuerzo recordaréis esas pelis en blanco y negro con una panorámica de Río rozando el Corcovado (el cristo gigante sobre una roca descomunal) rodado desde un DC-3 con la música brasileña de rigor, dulce y excitante. Aquel avión hacía una aproximación entrando por el norte rumbo 180 y hacía un viraje cerrado sobre toda la ciudad para, rozando el “Pan de azúcar” enfilar la pista 02 R (020 grados y Right pues hay dos pistas paralelas. En barajas hay por ejemplo la 18R y 18I 180 grados izda. y dcha. y si vienes del sur se convierten en la 36I y 36R), exactamente la misma ruta que hacen hoy los aviones que aterrizan en esa pista, un poco más allá de la playa de Flamingo. Si subís al mirador del pan de azúcar un día de configuración norte veréis los aviones pasar increíblemente cerca con el tren sacado y “tirandose” para interceptar la senda cuanto antes. Aquí veis la panorámica del aeropuerto tomada desde el norte, en una aproximación con configuración sur, justo enfrente de la pista el pan de azúcar y a la derecha en ese pico más puntiagudo está el Corcovado.
En éste aeropuerto los aerodinos más grandes son el B-737 y el A-320, los demás se van al nuevo aeropuerto internacional de Gabao (GIG), alejado de la ciudad, más grande y libre de las formaciones montañosas donde sólo a un portugués se le ocurriría fundar una ciudad.
Aquella mañana de febrero llevábamos una semanita en Río huyendo del ya prolongado frío ibérico y disfrutando de los 26-30 grados del paraíso. Conseguimos unas bicicletas para emular a los elegantes cariocas cultivadores de su cuerpo y su libido. Todo Río es un enorme gimnasio donde no se pasea, se hace deporte, no se toman cañas (es un decir), se beben exóticos zumos (“abacaxí com hortelá”, piña con hierbabuena era mi favorito) y nadie se tumba a la bartola en la playa si no es por el pedo adquirido allí mismo a base de caipirinhas riquísimas que te traen a la toalla o para mirar, en la playa se hace esport. Con nuestras bicis y desafiando la omnímoda amenaza de la delincuencia, aunque yo me permito ahora ponerla en duda tras una observación: TODAS las tiendas y sobre todo las farmacias que se encuentran en cada manzana, están abiertas de par en par, literalmente, a la calle. No hay casi escaparates pues toda la pared que da a la calle se abre por completo al viandante ¿se concibe eso en una ciudad segura como Madrid?.
Quizá también haya algo de temeridad en la costumbre porque los habitantes de la favela de la Rosiña, la más grande de la ciudad con unos 500.000 habitantes sita al final de la lujosa playa de Leblon bajan alguna vez todos eufóricos y de fiesta a saquear la ciudad arrasando todo lo que encuentran a su paso. Sería inútil resistirse y abnegados y sumisos los comerciantes “comparten” y colaboran a la redistribución de los bienes. Evidentemente no les obsesiona la seguridad tanto como en Caracas (excitante nombre) donde los que tienen dinero nunca lo compartirían, el fenómeno Lula no es una casualidad. Sí es aconsejable, deseable y gustoso salir a la calle sin pertenencias: un bañador, camisetilla, chanclas “havaianas” y los Reais (moneda) imprescindibles para tomar una caipirinha al sol… una delicia. Y así nos fuimos a recorrer las playas cariocas de sur a norte.
Salimos de Leblón, y pasamos por Ipanema buscando a la Garota (que no fue difícil encontrar). Seguimos por la mítica y lujuriosa Copacabana y saltamos a través de un túnel a la playa de Botafogo siempre por un carril bici respetado, incluso por el túnel.
Llegamos a la popular flamingo llena de familias con la nevera y la sombrilla y pandillas de amigos jugando al “fútebol”, el color de la piel se oscurece en esta zona pero la alegría se aclara. Notamos que allí al fondo al final de la playa están despegando aviones muy cerca del mar y decidimos quedarnos a verlo un rato (en la foto se distingue muy bien la playa de flamingo, al otro lado de las montañas está copacabana e Ipanema orientadas al sur). Es el mítico aeropuerto Santos-Dumont, el de las pelis. Parecía que un descuido daría con el aparato en el agua y es que se trata de la pista mas corta del mundo en la que opera un B737 (1323 metros por 42 de ancho) con el divertido añadido de tener el pan de azucar a menos de 2 millas que se eleva hasta los 1336 pies. Por su peligrosidad sólo puede hacer la toma el comandante y lo hacen con los autobrakes (un dispositivo que activa los frenos automáticamente nada mas tocar la rueda) en la posición MAX. Os aseguro que es un puto frenazo que yo no he visto en mis años de aterrizajes.
7.- ¿Y tú qué opinas?