Via MiguelPavon.com
por A. ACC.
CV:
Ingeniero tecnico aeronautico.
Desarrollador de software, Analista de sistemas (Soft bancario, tiempo real) (15 años)
Controlador aéreo (10 años)
Resulta notable que el número de controladores haya sido, casi desde el nacimiento de la profesión, claramente insuficiente respecto de las necesidades que el fuerte aumento del tráfico ha generado a lo largo de los años, sin importar el país o el nivel de desarrollo económico; siempre andamos cortos de personal.
Vale, la formación de un controlador según los estándares dictaminados por OACI es un proceso caro y lento, pero más caro y más lento es formar un médico, un ingeniero o un piloto y ahí los tienen, por miles. Podemos entrar en detalladas discusiones políticamente correctas sobre liberalización de enseñanzas o licencias europeas, pero el hecho indiscutible es que en ningún país del mundo, ni siquiera en los más liberalizados y de mayor movilidad laboral (léase EEUU), hay un exceso de personal capacitado (para desánimo de aquellos que creen que pueden importar siempre lo que necesitan sin preocuparse de producirlo por sí mismos). ¿Por qué?
Una visión de futuro.
Siempre he tenido una íntima convicción, totalmente personal pero que, hasta el momento, explica lo que ocurre: en una muestra más de la legendaria perspicacia de los administradores, estos visionarios están convencidos de que en apenas unos pocos años podrán sustituir a todas esas “Prima Donas “de los controladores por algún tipo de sistema informático capaz de realizar el mismo trabajo, con los mismos niveles de seguridad pero sin exigir elevados salarios y privilegios tales como horas de descanso acordes a las recomendaciones OACI. Así, esta cosmovisión hace que sólo se persiga formar un mínimo de personal, con la vista puesta en mantener el sistema actual lo suficientemente operativo hasta que los ingenieros terminen con su trabajo. El crecimiento es apenas el suficiente para cubrir las bajas y jubilaciones, y tal vez algo del aumento de demanda aunque siempre por detrás de éste. Total, ¿por qué aumentar una plantilla a la que podré despedir en cinco o diez años?
Pero pasan cinco, diez años y el problema, lejos de solucionarse, se agrava. No importa, piensan. El sistema ATC/ATM es tan complejo que es razonable esperar retrasos en su automatización total; aguantemos un poco más, cinco, diez años, y seguro que esto estará ya solucionado. Después de todo, la automatización ya ha ocupado diversas áreas y ha reducido mucho las necesidades de mano de obra, aumentando la productividad. Esperemos. Sólo un poco más.
Esta esperanza de los administradores se convierte en temor en el seno del personal ATC. ¿Cuántas veces hemos oído eso de “en unos años, esto lo llevará un ordenador y nos echarán a todos” de boca de compañeros preocupados por el futuro tecnológico?
Es más, la imagen pública de nuestra profesión, tan amargamente fustigada en ciertos momentos, ya incluye estereotipos del estilo “el ordenador que usan lo hace todo solo, ellos solo se sientan enfrente”. Por más que una afirmación semejante sólo ponga de relieve la profunda ignorancia de quien la sostiene, refleja bien la expectativa, ampliamente difundida, de que la automatización del trabajo ATC es no solo posible, sino inminente.
No es tan fácil, puede que ni sea posible.
No comparto esa visión. Dicho en un tono algo irreverente, creo sinceramente que existen razones de peso para argumentar que, si el controlador humano puede ser sustituido por un sistema informático, su última preocupación será la de perder el empleo, ya que estará demasiado ocupado intentando sobrevivir a los Terminators (si se me permite la referencia cinematográfica). Dicho en un tono algo más serio: las capacidades de un ordenador capaz de sustituir al elemento humano de la cadena ATC se aproximan demasiado a lo que sería una inteligencia artificial en el sentido fuerte del término.
La raíz del problema puede enunciarse con una simple frase: el control de tráfico aéreo es un problema heurístico, no algorítmico.
Un ordenador resuelve tareas sin el menor asomo de lo que, en una primera aproximación simplista, podríamos llamar “inteligencia” o “creatividad”. Un sistema informático dispone siempre de una serie de reglas (lo que se denomina el algoritmo) que se aplican a los datos de entrada. Esas reglas pueden ser tan complejas como se sea capaz de imaginar, y podrán ser evaluadas y ejecutadas a velocidades elevadísimas, pero no son más que eso: reglas. Constituyen el elemento principal (aunque no el único) de lo que denominamos software.
Si uno aprende lo suficiente, pronto podrá apreciar que los espectaculares éxitos de la informática están circunscritos a áreas muy concretas: exactamente a aquellas que pueden describirse en términos algorítmicos. Así, su prevalencia en el ajedrez verdaderamente impresiona, máxime cuando se les ve derrotar sin piedad a los mejores maestros humanos de la historia. Pero tales victorias pierden su resplandor cuando se aprende que el ajedrez es tan sólo un juego de reglas: dada una jugada, se pueden calcular todas y cada una de las repuestas posibles, y todas y cada una de las repuestas posibles a esas respuestas, y las siguientes, y las siguientes, limitados tan solo por la velocidad de cálculo y el tiempo disponible. Así, un ordenador solo evalúa cada jugada que hace, la respuesta que le da el jugador humano, y cada una de las respuestas posibles, seleccionando aquella que le proporciona mejores posibilidades de victoria.
El ser humano juega diferente: no tenemos grandes capacidades de cómputo (aunque en algunas áreas superamos con creces la capacidad de un ordenador actual y del futuro imaginable), así que nuestros cerebros usan otras estrategias basadas en aproximaciones, razonamiento lógico, experiencia y un elemento difícilmente definible que llamamos “intuición”. Esa forma de funcionar puede ser derrotada casi con seguridad en cualquier carrera en la que la velocidad de proceso sea determinante o en la que se maneje un volumen de datos suficientemente amplio, pero no tiene parangón en áreas más sutiles donde no hay reglas claras o a meudo hay que inventar o descubrir las reglas, es decir, problemas heurísticos tales como el arte, la matemática, la vida cotidiana o el control de tráfico aéreo.
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7.- ¿Y tú qué opinas?